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Buenos Aires, 1822: asesinato en la Recova y la pista del dedo mocho

Robos y crímenes se sucedían en la convulsionada Buenos Aires de 1820. La impunidad de la noche era el marco en que se movían ladrones y criminales. Fue en ese complejo contexto que asumió la Jefatura de Policía Joaquín de Achával bajo el título de «Regidor Diputado de Policía». Este joven de veinticinco años decidió actuar con rigor y firmeza. Si tuviéramos que calificarlo empleando conceptos actuales diríamos que fue un «mano dura» con los delincuentes.

El jefe se tomó muy en serio el cargo y se abocó a generar iniciativas de las necesarias. La principal fue haber dictado un reglamento para mejor la convivencia urbana. Por ejemplo, las rejas de las casas que asomaran sobre la vereda serían multadas. Esto se debía a que por la noche ocurrían muchos accidentes por la falta de iluminación. Los accidentes de los que se chocaban con las rejas provocaron situaciones de gravedad: más de uno quedó tuerto por culpa de las rejas que sobresalían.

Achával prohibió lanzar agua usada y demás desperdicios líquidos desde las ventanas de las casas hacia la calle. El motivo era evitar que se formara barro en las calles de tierra. Otra medida: tanto al que cabalgara por las calles a galope o trote largo, como a quien anduviera con el caballo por la vereda, aunque fuera al paso, se le quitaba el caballo ensillado y se lo remataba. Lo recaudado iba a las arcas de la policía. Aclaramos que para decomisar el caballo se necesitaban por lo menos tres testigos que dieran fe de que se había cometido la infracción.

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En aquel tiempo en el que muchos soltaban sus chanchos para que se alimentaran en la calle, Achával estableció que quien encontrara un cerdo suelto, podía apropiárselo. Con esta medida terminó con la impunidad del chancho callejero. También prohibió la tenencia de armas blancas en espacios públicos, salvo el carnicero, el vendedor de pescado, el verdulero más todo aquel que tuviera que utilizarlo por su oficio.

Al que dijera palabras obscenas se los castigaba con ocho días de trabajo en obras públicas, es decir, mejora de las calles o pintura de fachada en edificios públicos, entre otras cosas. También se ocupó de las casas de juego, ya que proliferaban las ruletas clandestinas. Aquellas que no tenían la autorización del gobierno para actuar eran cerradas y se confiscaba el dinero y los materiales.

Otras dos iniciativas de importancia fueron crear la compañía de peoneros que eran encargados de vigilar, pero a pie, no a caballo como era habitual en aquel tiempo. Se sumaron ciento cincuenta peoneros a esta compañía. También fue Achával quien creó el sello institucional con un gallo, imagen que aún hoy es representativa de la Policía Federal. Fue un servidor público con todas las letras. También se ocupó de combatir la delincuencia. Para ello, contó con el valioso apoyo de Rafael de Alcaraz, jefe de la partida celadora encargada de las patrullas nocturnas. Alcaraz era el justiciero de la ciudad, respetado y admirado por todos. Los malvivientes le temían.

Alcaraz, quien en 1822 tenía cuarenta y ocho años, contaba con una foja militar nutrida cuyo primer asiento certificaba su participación en el Escuadrón de los bravos Húsares de Pueyrredon durante las invasiones inglesas.

Aun a pesar de los pergaminos, siempre aparecía un criminal que pretendía superar la sagacidad de Alcaraz.

En la mañana del 9 de diciembre de 1822, un par de comerciantes que tenían negocio en la Recova -aquella construcción que partía por la mitad la actual Plaza de Mayo- convocaron a un celador para informarle de una anomalía. El almacén del vasco Bilbao estaba cerrado. Nunca había ocurrido. De hecho, Álvaro Bilbao vivía allí (su familia residía en España) y por ese motivo era uno de los primeros en abrir la puerta de su negocio.

El celador ingresó al almacén y lo encontró tendido en el piso, rodeado de un charco de sangre. Lo habían degollado. De inmediato, se informó a Alcaraz, quien se hizo cargo de la investigación. Dio órdenes a sus hombres para que buscaran manchas de sangre en los alrededores de la Recova. Especulaba con que, habiendo sido tan sangriento el crimen, alguna huella tenía que aparecer. Por otra parte, mandó detener a los clientes habituales de Bilbao para que dieran sus coartadas. En ese camino no pudo encontrarse ninguna pista.

La búsqueda de huellas dio sus frutos

El 11 de diciembre, dos días después del crimen, un colaborador de Alcaraz le comunicó que había una sospechosa mancha de sangre en el paredón de la calle Defensa, correspondiente al Convento de Santo Domingo. Alcaraz observó con detenimiento la marca y advirtió que era una mano derecha de un sujeto de cierta altura. Y no solo eso: además, le faltaba una falange en el dedo índice. Reunió a un par de sus hombres. Ordenó que no mencionaran el hallazgo y actuarán con sigilo. Les dio las señas para que encontraran al hombre, a la vez que prosiguieran con la búsqueda de otras marcas sospechosas en los alrededores de la iglesia. Pero esa noche llovió con ganas y nada nuevo apareció.

El propio Alcaraz consultó a los comerciantes de la Recova y cafés de la zona, tratando de que alguien reconociera al dueño de la huella por su altura y su índice mocho. Gracias a la pesquisa, pudo identificar al sospechoso. Se llamaba Braulio y tenía una tonada que podía ser cuyana, tal vez chilena. Con una descripción física más detalla, comenzó la búsqueda silenciosa. Solo era cuestión de estar atentos y darle tiempo al asesino de que creyera que era impune.

Cada tarde, Alcaraz recorría cafés y pulperías. Por fin el 24 de diciembre cuando ya empezaba a anochecer halló al sujeto en una pulpería, un poco alejada del centro, sobre la actual avenida Rivadavia. El hombre dijo llamarse Braulio Estévez, sanjuanino, y confesó que el 9 de diciembre a las nueve de la noche asesinó al vasco Bilbao para robarle. Incluso dijo que se había decepcionado porque pensaba que el almacenero atesoraba gran cantidad de dinero y sólo pudo encontrar algunas monedas de oro.

Fue conducido a la cárcel y sólo restaba esperar el día de su ejecución que tendría lugar en la plaza, junta a la Recova en donde había cometido el crimen. Pero el asesino decidió hacer justicia con él mismo y se ahorcó con su pañuelo en la cárcel.

Una vez más, Rafael de Alcaraz había resuelto un caso criminal.

Por: Daniel Balmaceda